Stanley Milgram: Obedecer aunque duela

Milgram“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autori- dad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.”
S. Milgram, “Los peligros de la obediencia (The Perils of Obedience)”, 1974

Obediencia a la autoridad

Volvemos a la experimentación en psicología social. Esta vez quiero recordar un experimento muy controvertido (en realidad fue una serie de experimentos) que ha recibido numerosas críticas, muchas de ellas alegando su falta de ética. Ciertamente es una situación experimental bastante “bestia”, pero sirvió para dilucidar algunos aspectos importantes y sorprendentes respecto a la obediencia.

Como siempre, voy a intentar explicarlo de forma sencilla. Si os interesa, buscad por la red, que seguro que encontráis más datos. Y si tenéis alguna duda, preguntadme, que intentaré responder lo mejor que pueda.

Stanley Milgram fue alumno de Solomon Asch (del que hablamos aquí hace poco), quien le influyó mucho con sus investigaciones. Milgram, al igual que Asch y muchos otros de sus contemporáneos, también quedó impactado con las barbaridades ocurridas en la Alemania nazi, e intentó buscar una explicación al Holocausto. Se preguntaba cómo era posible que gran parte del pueblo alemán hubiera secundado tantos actos criminales. Los experimentos de Milgram comenzaron en julio de 1961, poco después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte por crímenes contra la Humanidad durante el régimen nazi.

Milgram trató de reproducir en situación de laboratorio las condiciones de obediencia a una autoridad legítima que se dieron en Alemania. Es decir, se centró en investigar la obediencia a una figura de autoridad.

Buscó a sus “conejillos de indias” a través de un anuncio en prensa. Solicitaba colaboración en un experimento sobre memoria y aprendizaje a cambio de cuatro dólares. Las personas que formaron la muestra eran heterogéneas en cuanto a sus niveles profesionales y sus edades.

Ya en el laboratorio, el sujeto experimental se encontraba con el experimentador y con otra persona que fingía haber acudido también por el anuncio, pero que en realidad era un cómplice del experimentador. Tras explicar el experimentador que el experimento consistía en averiguar los efectos que el castigo tenía sobre el aprendizaje, se hacía un sorteo para ver qué papel desempeñaría cada uno: “Maestro”, es decir, quien hacía las preguntas y administraba las descargas, o “Alumno”, esto es quien respondía y recibía las descargas. Como ya os imaginaréis, el sorteo estaba amañado para que al sujeto experimental le tocara ser el “Maestro”.

En la sala de experimentación, se ataba al “Alumno” (actor) en una silla a la que se le ataba para “impedir un movimiento excesivo”, se le colocaban unos electrodos con crema “para evitar quemaduras” y se indicaba que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que los daños no serían irreversibles. Esto lo ve y escucha el sujeto experimental. El experimentador comunica además que el experimento está siendo grabado. “Maestro” y “Alumno” están separados por un cristal. Antes de empezar el experimento como tal, se da una descarga real de 45 voltios tanto a “Maestro” como a “Alumno” para que el sujeto compruebe el dolor y la sensación que recibirá el “Alumno”.

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Se explicaba que la tarea consistía en asociar palabras. Tras leer la lista de pares al “Alumno”, el “Maestro” leía solamente una de ellas y el “Alumno” tenía que dar la solución entre cuatro pulsando un botón. Por cada respuesta equivocada el “Maestro” aplicaría una descarga eléctrica que iría aumentando progresivamente de intensidad en función de los fallos. Había 30 niveles de descarga existentes, hasta 450 voltios. En la máquina se colocaron carteles indicadores del tipo: “Peligro, descargas muy fuertes”.

Huelga decir que el “Alumno”, cómplice del experimentador, fallaba a propósito en sus respuestas para instar al “Maestro” a suministrar descargas. Y, por supuesto, como ya os habréis imaginado, esas descargas eran fingidas. Cuando las supuestas descargas llegaban a 120 voltios, el actor gritaba y pedía abandonar el experimento. El experimentador le decía al sujeto experimental que continuara por el bien del experimento, pero sin amenazarle con sanción alguna. Los gritos del actor cada vez eran más fuertes. Cuando se alcanzaban los 300 voltios, el “alumno” dejaba de responder y fingía estertores.

Cuando el sujeto expresaba su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente, según el caso: “Continúe, por favor”, “El experimento requiere que usted continúe”, “Es absolutamente esencial que usted continúe” o “Usted no tiene opción alguna. Debe continuar”. Si tras esta última frase el “Maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas. Habitualmente, cuando se alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor y querían parar el experimento. Pero ante las indicaciones del experimentador continuaban. Con 135 voltios, muchos paraban y preguntaban por el propósito del experimento. Algunos indicaban que no se hacían responsables de las posibles consecuencias, pero seguían administrando descargas. Unos cuantos reían nerviosos al oír los gritos de dolor del “Alumno”.

El resultado fue sorprendente. Antes del experimento, se preguntó a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos qué pensaban que iba a ocurrir. Consideraron que el promedio de descarga estaría en 130 voltios y que la obediencia al investigador se situaría en el 0%. Todos opinaron que solamente algunos “sádicos” aplicarían el voltaje máximo. La sorpresa fue mayúscula: el 65% de los sujetos experimentales administraron el voltaje límite de 450 voltios, aunque muchos se sintieron incómodos durante el experimento. Todos los sujetos pararon en cierto punto y cuestionaron el experimento, algunos dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Pero ninguno se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

Un amigo de Milgram, Philip Zimbardo, del que hablaremos cuando nos acerquemos al experimento de la cárcel de Stanford, indicó que ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales pidió que se suspendiera el experimento. Tampoco fue ninguno al otro lado del cristal a revisar el estado de salud de la víctima sin antes solicitar permiso para ello.

En algunas variantes, se detectó que la obediencia bajaba ostensiblemente cuando el experimentador estaba ausente durante la sesión experimental, es decir, daba las indicaciones y se iba. Si los sujetos estaban acompañados por dos modelos que se rebelaban, la obediencia descendía aún más.

Milgram obtuvo resultados similares en diversas ocasiones. Este experimento ha sido replicado en diversas épocas y diversos lugares y culturas. La explicación se ha encontrado en el poder de la influencia de la autoridad, no solamente cuando actúa de forma coactiva. Y se ha encontrado mucho poder en los símbolos de autoridad.

Os dejo un vídeo sobre este experimento:

¿La autoridad siempre tiene la razón?

Sin duda, los resultados de estos experimentos dan mucho que pensar. Intentad recordar algunas situaciones de la vida real en que podemos encontrar comportamientos violentos incomprensibles hacia otras personas por aquello de “seguir órdenes”, aunque vaya contra toda lógica y ética. Eso sí, no podemos olvidar que en estas situaciones cotidianas confluyen muchos y muy diversos factores que si se tercia iremos viendo a través de otros experimentos (uniformes, símbolos, sentirse arropado por un grupo, etc.).

¿La autoridad siempre tiene la razón? No, definitivamente no. Por eso creo que es importante aprender a desobedecer cuando la conducta a realizar vaya contra nuestros principios, la ordene quien la ordene. Nos iría mucho mejor a todos, ¿no os parece?

“Para cuantos conocen la historia, la desobediencia es la virtud original del hombre.
Mediante la desobediencia se ha realizado el progreso; con la desobediencia y la rebelión.”
(Oscar Wilde, 1854-1900)

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